Soy jugadora de tenis. La clásica, apasionada, loca jugadora de tenis. Lo practico, hablo de ello, lo veo, muy a menudo (demasiado a menudo) desde que era una niña. Soy una gran fan del deporte en general, de todos los deportes, pero el tenis no deja mucho espacio para que le roben el protagonismo.
¡Y sin embargo, sin embargo! Hace 8 años descubrí el pádel y fue… ¡un flechazo!

En realidad no, es completamente falso. A decir verdad, es incluso lo contrario. Prácticamente odié este deporte desde el principio. Demasiado similar al tenis en apariencia, pero tan diferente al final que no conseguía encontrar mi sitio. Imposible jugar después de los cristales, le daba con la caña a los ¾ de mis remates, no sabía dosificar bien los globos… Cero placer.
Pero hay algo en el pádel que me dio ganas de profundizar, de luchar para ir en contra de mis reflejos de jugadora de tenis. Presentía el enorme potencial del juego, la convivencia de jugar a 4, los puntos increíbles que no se encuentran en ningún otro lugar. Y además, no podía dejarme vencer por esta maldita pala con agujeros, no está en los genes de la familia rendirse ante la dificultad.
Llevó un poco de tiempo, no tenía muchas ocasiones de jugar, pero intenté mantener cierta regularidad y empecé a experimentar las primeras buenas sensaciones. Aquí y allá aparecieron los primeros síntomas de padelitis aguda. El orgullo de defender después del cristal, la satisfacción de una bandeja que cae justo donde debe, la alegría de una volée pegada a la verja. Pequeñas alegrías sencillas, ya os digo. En definitiva, la adicción al pádel había comenzado de verdad.
También empecé a afinar esas sensaciones. Como en el tenis, elegí mis armas en función de mi tipo de juego, probé palas, comprendí lo que prefería en cuanto a equipamiento para disfrutar al máximo. Y para ganar, por supuesto. Porque bueno, por mucho que se diga que el pádel es ante todo diversión, es todavía más divertido dar lo mejor de uno mismo para superar a los rivales.

Así como si nada, he jugado en muchas pistas, en bastantes países, con condiciones muy distintas. Indoor, outdoor, moquetas de todos los colores posibles, lentas, rápidas, sin arena, con arena, panorámicas, clásicas. Esto me ha permitido conocer mejor a la jugadora de pádel que duerme en mí, a pesar de los 26 años de práctica tenística que a veces arrastro como una carga.
Dado que mi pareja, Michael, también está muy involucrado en el mundo del pádel (creador de Twenty By Ten, una marca genial de ropa de pádel, con total objetividad), juego principalmente en dobles mixtos, lo que me ha convertido en jugadora de derecha por definición.

Creo que también podría disfrutar en el revés, intentando sacar algunas por tres, pero imagino que la buena jugadora defensiva que soy se siente a gusto en el drive. Durante mucho tiempo jugué con la pala Bullpadel Vertex Woman, me encantaba el control que me aportaba, la comodidad en el golpeo.
Pero resulta que recientemente tuve un flechazo con la nueva Head Graphene 360+ Alpha Pro. Más explosiva, me aporta un pequeño extra de potencia que, incluso para los jugadores de derecha como nosotros, no está nada mal.
La segunda cosa esencial para mí son las zapatillas. No importa el deporte, siempre busco las mismas cualidades en una zapatilla: flexibilidad y ligereza. Cualidades que he encontrado en las Babolat Jet Ritma (Babolat Jet Premura para hombre), con una mención especial para mi patrocinador de tenis, que asumió el reto de hacer buen material de pádel y que, en mi opinión, lo ha conseguido.
Pero entre nosotros, mi capricho personal favorito siguen siendo las partidas de pádel que juego habitualmente en el magnífico complejo de Esprit Padel, en Saint Priest, en compañía de su fundador, y de paso mi hermano, Sébastien. Cuando se habla de condiciones perfectas, creo que no estamos lejos de lo mejor que existe. Y allí, hasta estoy dispuesta a perder mientras me divierta. Con eso está todo dicho.

Alizé Cornet, jugadora de tenis profesional
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